Ya no podía escucharse el fluir de los automóviles por las noches y las apagadas voces de los viandantes que recorrían de madrugada las aceras, el silencio reinó durante las primeras semanas hasta que las sirenas, los disparos, las cristales rotos, y los gritos lo rompieron, todo ello formaba una siniestra orquesta a la que no tardé en acostumbrarme.
El peor de los escenarios se hizo real tras el primer mes. Júpiter había dejado clara su trayectoria con tan solo un margen de error del 1%, impactaría la Tierra en aproximadamente 3 años.
La televisión mostró una simulación macabra y morbosa, con todo lujo de detalles. Júpiter nos arrebataría la luna en primer lugar, atrayéndola bajo su manto; lenta pero irremediablemente frenaría los movimientos de rotación y traslación terrestres hasta detenerlos, los días y las noches serían más largos, las estaciones desaparecerían, las diferencias de temperatura darían lugar a tormentas nunca vistas y al final, en lo que no tardaron en llamar “la última semana” la gravedad del titánico planeta absorbería nuestra atmósfera y sus fuerzas de marea desmembrarían el planeta en migajas, como quien aplasta entre sus manos una galleta, la roca fundida del corazón terrestre brotaría como sangre a través de sus heridas.
Lo inevitable no tardó en llegar, el futuro de la raza humana estaba escrito y al igual que a un enfermo terminal, el universo nos dio un escueto margen: tres años. Tres años sin las responsabilidades de nuestra anterior vida, tres años de entera libertad, sin nada que perder, tres años en los que, como individuos, hubiéramos corregido errores del pasado, cumplido sueños que habíamos pospuesto o compartido con nuestros seres queridos lo poco que quedara, pero como sociedad, elegimos la violencia, el odio, el caos. Júpiter ya había logrado algo que la televisión no había simulado, había roto las cadenas del hombre, liberado su animal interior, había mostrado que nuestra realidad no era más que una fachada, porque, ¿de qué sirve la civilización, si no queremos ser civilizados?
Muchos siguieron los pasos de mi madre, llenaron de comida sus despensas, la gente empezó a abandonar sus puestos de trabajo y la falta de producción unida a la ingente demanda desembocó en una crisis de recursos y esta en violentos saqueos.
¿Dónde estaban los ricos y poderosos, ahora que habían descubierto que su dinero no era comestible?. ¿En qué profundo bunker o apartada isla iban a refugiarse?. ¿De qué les servía ahora su poder cuando el planeta entero iba a, literalmente, evaporarse?. No podía evitar sonreir frente a la idea de que sus risas serían ahora sudores fríos al verse más vulnerables que nadie.
El gobierno actuó declarando el estado de sitio, los militares tomaron las ciudades y durante un tiempo, la violencia cesó, pero los fallos en el suministro eléctrico y las comunicaciones dejaron ciudades enteras aisladas y con ellas a pequeños núcleos o células militares que empezaron a actuar de manera independiente.
La jerarquía militar dejó pronto de ser ley, los galones y medallas se transformaron en meros adornos, los motines se convirtieron en algo común, constante, el hombre más fuerte se convertía en líder, hasta que otro le sustituía. La labor de controlar al vulgo había mutado en una misión de supervivencia.
Nuestra casa se convirtió en una fortaleza de la que nunca salíamos, mis padres apenas miraban a través de las ventanas e impedían que mi hermana lo hiciera, querían mantenerse lo más ajenos posible a la anarquía que regía las calles. Aquellas paredes de cemento y los víveres que habíamos acumulado nos daban una falsa sensación de seguridad, hasta que una noche, todo aquello cambió.
El sonido de unos carros blindados nos despertó en mitad de las tinieblas, a través de la ventana pude ver, gracias a la luz de sus linternas, como cinco hombres armados y uniformados entraban en nuestro edificio.
Mi madre susurraba nuestros nombres desde el pasillo y agitaba su linterna para que
pudieramos verla. Nos reunió a todos en el salón, mi padre colocó de la forma más silenciosa posible el aparador del hall contra la puerta principal y allí permanecimos, abrazados, en el suelo, con la única luz de una linterna y relajando nuestra respiración para escuchar hasta el más leve susurro al otro lado de las paredes.
Los pasos sonaban cada vez más cercanos, una columna de hombres ascendía por las escaleras. Cada períodos de tiempo regulares podían oírse fuertes golpes que retumbaban a través del rellano, era el sonido de los arietes destrozando cada cerradura que los militares hallaban a su paso.
Mi madre trataba de calmar a Vera con una vieja nana que solía cantarme también a mi cuando tenía su edad, la pobre no dejaba de tiritar en sus brazos. El tiempo transcurría, cada segundo hacia la situación más angustiosa, los sonidos estaban ya al otro lado de la puerta y la luz de las linternas se colaba por debajo de esta.
Un estruendo sacudió el edificio, y mi hermana no puedo evitar que un grito sordo escapara por su garganta, instintivamente mi madre colocó su mano sobre los labios de Vera sellandolos, pero era demasiado tarde, en el exterior, uno de los soldados había percibido nuestra presencia...
CONTINUARÁ...

Surge la verdadera naturaleza del hombre, tengo curiosidad por saber si entre todo este caos surgirá un mesias o inexorablemente los instintos mas basico del hombre saldrán sin retorno.
ResponderEliminarLo de dejar el capítulo en el momento justo para querer seguir leyendo lo tienes totalmente controlado.
ResponderEliminarAnte una noticia de este calibre surgen infinitas maneras de reaccionar, porque la primera que se nos viene a la cabeza es siempre la misma? No toda la sociedad esta educada de la misma manera, hay gente que durante toda su vida le han enseñado a actuar en situaciones de crisis.
Esto no deja de ser una historia, asique tengo ganas de saber si esa alternativa a "lo de siempre" aparece por algún lugar.
Snorlax
Me gustaría pensar que no es la situación lo que condiciona la reacción de los hombres, si no su propia forma de ser.
EliminarAquellos hombres buenos tenderán a seguir siéndolo en momentos de dificultad, sin embargo, en un escenario tan volátil como el del relato, donde podemos ser victimas de decenas de sucesos traumáticos, el propio escenario puede ser determinante en una transformación psicológica del individuo.
Normalmente las personas son previsibles, pero cuando están sometidos a suficiente presión, se vuelven impredecibles.