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lunes, 8 de abril de 2013

JÚPITER CRECIENTE [Parte cuarta]


Se hizo un silencio sepulcral, los pasos cesaron, mi madre apretó con fuerza mi mano hasta hacerme daño. Mi corazón se aceleró por primera vez, cuando la embestida del ariete parecía inminente, un grito de mujer rompió el silencio. Era la voz de Ángela, una joven de unos 28 años, madre soltera, que se había independizado recientemente de sus padres y vivía en la casa contigua. Una mujer jovial y siempre sonriente. En el poco tiempo que llevaba viviendo en el bloque había trabado una buena relación con ella y tan solo fruto de las pocas veces que nos cruzábamos en el ascensor o el portal.


Los gritos continuaron durante unos segundos, Ángela pedía clemencia, su voz era desgarradora y provocaba en mí una mezcla de terror e impotencia. No se oyeron disparos, tampoco gritos de los soldados o golpes, tras unos segundos simplemente su voz se apagó. Solté la mano de mi madre que intento sin éxito agarrarme de la manga de la camisa, mi padre susurró mi nombre, pero no me detuve, me apoyé sobre el aparador y observe la escena a través de la mirilla. Dos de los soldados cargaban el cuerpo de Ángela, no pude ver heridas ni sus ropas estaban manchadas de sangre, su melena color miel le tapaba el rostro, no se movía lo más mínimo, si no estaba muerta, estaba al menos inconsciente.


Nadie sabía que Ángela seguía viviendo pared con pared, supongo que al igual que nosotros, ella también se encerró en su casa, de haberlo sabido habríamos colaborado con ella, aun cuando su bebé podría haber sido una carga. De haberlo hecho, sería nuestra puerta la que hubieran derribado.


Se llevaron a Ángela y se fueron, nada ocurrió después, los pasos se alejaron y el sonido de los blindados inundó la avenida de nuevo, mi madre rompió a llorar. Ignoro si se fueron porque Ángela era lo que estaban buscando o estaban satisfechos con el botín de guerra, tampoco quería saberlo.


Ninguno de nosotros durmió esa madrugada, pasamos la noche en el salón, despiertos, esperando a que los soldados volvieran, pero no lo hicieron. No hablamos de lo ocurrido en ningún momento, pero sabíamos que seguir en la ciudad no era seguro, necesitábamos huir de los grandes núcleos de población y por suerte sabíamos como hacerlo.

Esperamos 24 horas, preparamos todos los víveres que pudimos y salimos en cuanto se puso el sol en dirección a la costa, donde teníamos una preciosa casa junto a la playa en la que veraneábamos y que mi madre heredó cuando el abuelo murió.

Al salir cogí una de las linternas y apunté en dirección a la casa de Ángela, la puerta entreabierta mostraba un enorme agujero donde antes estaba la cerradura. Desatendiendo las advertencias de mi padre entré en su interior. Esperaba encontrármela desordenada, pero no fue así, la casa estaba como si nada hubiera ocurrido. Solo una de las puertas del pasillo estaba abierta, era la habitación de Ángela. Las sábanas estaban en el suelo y el colchón fuera de lugar, había restos de sangre seca en la esquina de la cómoda, quizás forcejeando o tratando de huir Ángela se golpeó con ella y quedó inconsciente. Al fondo de la habitación, junto a la ventana, estaba la cuna de su hijo. Tragué saliva y me acerqué.

Una manta de terciopelo azul y una almohada blanda ocultaban un pequeño bulto. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y extendí la mano temblorosa hasta la almohada, no quería ver lo que se ocultaba tras ella, pero una fuerza irrefrenable me empujaba a hacerlo. Agarré la almohada y me decidí a retirarla cuando de pronto, algo me rozo la piel y me heló la sangre, el corazón me dio un vuelco.

-No lo hagas, vámonos.

Hice caso de mi padre, que había agarrado con fuerza mi brazo y solté la almohada, me separé de la cuna y me fui junto a él. La incertidumbre es a veces mejor que la verdad, pensé.

Salir de la ciudad fue fácil, incluso cuando en algunas calles habían situado barricadas, nadie las defendía y podían rodearse. Avanzábamos muy lentamente, con las luces apagadas, más pendientes de cualquier sonido que pudiéramos escuchar que de los obstáculos del asfalto, si veíamos una fuente de luz, ya fuese eléctrica o fruto del fuego, tomábamos la dirección opuesta. Descendimos hasta los suburbios, donde sabíamos que habría menor resistencia y conseguimos llegar a la autopista.

Aun cuando acelerar era más seguro aquí y podíamos encender los faros del coche, no podíamos movernos a gran velocidad, algunos vehículos descansaban en medio del paso, probablemente por haberse quedado sin combustible, otros se habían estrellado contra los muros de hormigón de la mediana o los quitamiedos de la cuneta y había cristales y pequeñas piezas por toda la zona.

El viaje era de 200 kilómetros, y cuanto más lejos estábamos de la ciudad, más tranquilo se volvía el trayecto. Mi padre se confió y empujó con más fuerza el acelerador, estábamos en medio de ninguna parte, era poco probable que encontrásemos oposición, pero nos equivocamos.

Todo ocurrió en décimas de segundos, un fuerte golpe sacudió el vehículo que se elevó en primera instancia para caer después con fuerza sobre el eje delantero, empezaron a brotar chispas a ambos lados y el coche volvió a elevarse, esta vez por su parte trasera y con mayor violencia, mi padre perdió totalmente el control.

CONTINUARÁ...

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